jueves, 22 de marzo de 2007

Sexo

Necesito sexo.

Y es horrible que eso te pase siendo una mujer, por muy "modernos" que seamos todos, no queda bien decirlo. Pero he de reconocer que es así, me explico: hasta hace poco estaba enrrollada con un hombre casado y, aunque en otros aspectos me hacía sufrir, tenía más de la dosis diaria de cama recomendada. Y a las cosas buenas una se acostumbra rápido. . .

¿Qué hacer ahora que vuelvo a estar sola?

Pues he tirado de mi querido opositor y me lo he tirado.

El domingo fuímos a dar un paseo playero y luego le invité a comer un arrocito a mi casa. Me puse a cocinar, él se sentó a mirar la tele: una escena demasiado familiar para mi gusto, así que dejé lo que estaba haciendo y (después de diez años de no querer darle ni un miserable piquito) me eché encima de él, comencé a besarlo, morderlo y a retorcerme sobre su verga como si me estuviera ardiendo el cuerpo por no tenerla dentro de mí. Rápido, rápido en el sofá, rápido, rápido a mi cama. . .

Me extrañó mi propia reacción, ¿cómo era posible que necesitara tanto estar con alguien cuando yo, medio monja hasta hace poco, he pasado años de sequía sexual completa sin ningún problema? Pero ahora, a mis 29 largos, ya no puedo reprimirme, mi cuerpo me lo pide y no veo porqué he de dejar de hacerlo. ¿Prq no estoy enamorada? ¿Prq le estoy dando a entender algo que no es? Pero . . . ¿cuantos hombres me han hecho lo mismo antes?

Inmediatamente después del primero, y sin dar tiempo a la revancha, fui a la ducha, me enjaboné y lavé el pelo, cantando satisfecha debajo del chorro de agua. El buen humor se me acabó cuando, al disponerme a salir del cuarto de baño, me di cuenta que tenía a alguien estirado en mi cama esperando a que yo fuera a abrazarlo y decirle lo mucho que me gustaba. . . yo que hubiera preferido apoltronarme sola en el sofá, comer el espectacular arroz que había preparado y ver la película de sobremesa.

Pero, “noblesse oblige”, soy una dama y él era mi invitado, así que lo senté rápidamente delante de la mesa : “vino o cerveza?”, le serví el primero, le serví el segundo, “fruta o yogurt caducado de postre, no tengo nada más”, “¿quieres café ¿no? yo tampoco” y “ay! me ha llamado mi amiga, necesito irme urgentemente a. . . pasear su perro y tomarnos una horchata, comprenderás que es una emergencia”.

Así que lo despaché en no más de una hora. Libre. Y lo peor de todo es que no me sentí mal por él, ni por tener que aguantarlo después (no fue tan grave), sino por el horrible descubrimiento que acababa de hacer: ahora sé cómo se sienten ellos, cuando tu esperas ternura y caricias, y ellos solamente están deseando que desaparezcas para poder sentarse delante de la play, ponerse a leer o llamar a los amigos (dependiendo del “tipo de tipo” del que se trate). Pero no lo hacen, te aguantan hasta que decidas marcharte porque, en el fondo, no son tan malos.

La verdad, lo que me deja triste es que, ahora que yo lo he sentido, no quiero que NADIE vuelva a tener esa sensación conmigo.